28 de marzo de 2017

Libro del mes de abril: Orgullo y prejuicio


Título: Orgullo y prejuicio
Autora: Jane Austen

Reseña del libro: Todos los cuentos

Cristina Fernández Cubas es una mujer especial, ha viajado por medio mundo y lo ha hecho con los ojos bien abiertos, percatándose de cada detalle. Quizá por eso, por su facilidad para fijarse en todo, es capaz de crear atmósferas cargadas de elementos reveladores y se ha convertido en una virtuosa del cuento. Esta destreza le ha servido para merecer numerosos premios como el Premio Ciutat de Barcelona de Literatura en Lengua Castellana, el Premio Salambó de Narrativa en castellano, el Premio Cálamo Libro del Año, Premio NH de Relato Publicado Cinco estrellas, Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa.

De sus cuentos se puede decir muchas cosas, pero el criterio común es que escribe historias inquietantes, que sabe dosificar perfectamente la información para mantener la tensión narrativa y que no dejan indiferente a nadie. Son cuentos llenos de sugestiones, y el lector, forzosamente, debe participar de forma activa descifrando esas claves, las razones que mueven a los personajes.

Cristina Fernández escribe de modo sencillo y directo, dotando de  una estructura depurada a sus historias y sin ningún elemento superfluo. Su particular estilo, donde importa tanto lo que dice como lo que oculta, la convierte en una excelente representante de la literatura española.

*Reseña: María Dubón

Reseña del libro: Todos los cuentos

Con una mirada repleta de curiosidad y a pasos extremadamente sigilosos, vamos descubriendo los insólitos mundos interiores que los personajes ocultan, a menudo, en el reflectante cajón de las ensoñaciones. Atemorizados, observamos el siniestro pueblo de Brumal atrapado entre la maraña de una infancia que queda ya lejana; vislumbramos la entretejida celosía que ingenuamente nos recluye al otro lado del mundo, ese espacio hermético donde el rostro se desvanece y descompone mezclándose con el humo mudo que atesora el tiempo; con bastante desconcierto, nos vemos embriagados y contagiados, inconscientemente, por una extraña fiebre azul que pulula y pinta de misterio la luz del paisaje africano, que mantiene en vela nuestras horas nocturnas. Entre bancos de niebla, nos asomamos constantemente a nosotras/os mismas/os, en un impenetrable escaparate donde asemejamos ser nuestra cara gemela o, igualmente y con la respiración entrecortada, una distorsionada voz de ultratumba nos llama con insistencia desde el lugar elegido, el macabro panteón familiar. Asimismo, en cualquier ciudad reconocible o entre el abrupto oleaje de un desierto faro, el grito asolador de la propia conciencia clama en los pensamientos de los protagonistas, que, en diversas ocasiones, les enfrenta al doble cristal de sí mismos, enturbiado tras las distorsiones del laberinto de los espejos o transformando las piezas de un acuario que va encajando su puzle de la memoria y los recuerdos. Notamos, a su vez, cómo hileras de múltiples razonamientos se van archivando entre bravas tempestades que chocan continuamente con los límites de la identidad, a veces emborronados por lentes opacas que intentan encubrir las claras evidencias.

“Todos los cuentos” es un libro recopilatorio que compila anteriores volúmenes publicados por la autora: “Mi hermana Elba”, “Los altillos de Brumal”, “El ángulo del horror”, “Con Agatha en Estambul” y “Parientes pobres del diablo”. Incluye también el relato titulado “El faro”, que supone una continuación de ese mismo cuento que el escritor norteamericano Edgar Allan Poe dejó inacabado. La autora, con un lenguaje directo, contundente y, en conjunto, complejo, nos hace atravesar universos inexplorados que nos transportan, en apenas milésimas de segundo, de una aparente realidad a una imaginaria fantasía. Por medio de intrincados círculos de reflexión, donde la lógica deja de extendernos el mapa, nos introduce con sutileza en el inquietante cosmos que conforman los sueños, o nos lleva tambaleándonos hasta revelarnos una desafiante verdad que había permanecido bajo láminas ocultas. La demencia y el olvido, o los efectos de un prolongado aislamiento en absoluta soledad son temas recurrentes que se solapan entre estas páginas, envueltas por cada una de sus esquinas en una enigmática atmósfera presidida por un tono intrigante que fluye en dimensiones paralelas, dejándonos en vilo sobre una quebradiza línea solo resuelta en el impactante y sorprendente desenlace final. Cristina Fernández Cubas ha sido galardonada con prestigiosos premios de narración breve, un género literario que le ha llevado a situarse en la cumbre del relato español. Con maestría, la escritora barcelonesa va hilvanando sus cuentos paulatinamente, para tirar después de ellos y desmadejarlos entre sombras tenebrosas o, en cambio, formando espejismos de vitrinas transparentes.

*Reseña: Raquel Victoria

21 de febrero de 2017

Reseña del libro: Frantenstein

Tras los lúgubres cristales que empañan un oscuro laboratorio de Ingolstadt, un joven y brillante universitario de orígenes ginebrinos busca ansioso en los cauces de la filosofía natural, el inesperado torrente que ha de guiar sus conocimientos hacia la materia que modela el elixir de la vida. Allí, entre el cadente paso de las estaciones, las fuerzas sobrenaturales irrumpirán de súbito, forjando la conexión química de una monstruosa y abominable criatura, y contemplando así el nacimiento de una especie desconocida hasta el momento y que, asombrosamente, comparte tanto aspectos primitivos y salvajes como rasgos de personalidad semejantes al ser humano. Desde ese fatídico y crucial instante y ante el abandono de su propio creador, el doctor Frankenstein, nos deslizaremos en un vertiginoso y arduo recorrido por idílicos parajes del norte de Europa, que nos llevará a bucear entre helados lagos y congelados océanos que ciernen un  perpetuo y asolado invierno en las entrañas de ambos protagonistas, sepultando los razonamientos de Frankenstein bajo macizas montañas de melancolía y resentimiento, o desatando la terrible perversión de la bestia, cuya transformación sentimental sumida primero en la soledad y el vacío, de pronto, albergará un desproporcionado odio que sembrará el caos, desencadenando un reguero de crímenes atroces; trocando igualmente y sin remedio la prometedora vida de su progenitor, arropada con el afecto y el calor de sus seres más queridos, a una despiadada pesadilla surgida del más cruel de los infiernos, y tornando su sobrecogedora estampa familiar en un mar de hielo, que paraliza cada mínimo sentimiento y colapsa en rígidos bloques polares cada resquicio de pensamiento.

“Frankenstein o el moderno Prometeo” nos introduce con maestría en un siglo XVIII conducido por los avances y logros que, progresivamente, iban llevando novedosos adelantos y descubrimientos en los diversos campos que abarcaba la ciencia, inmersa en aquel periodo en plena Revolución Científica. Asimismo, nos abre la llave del mundo experimental para hacernos dilucidar constantemente, sobre la imperceptible chispa que prende y delimita el tenso hilo que separa la frontera entre la vida y la muerte. Con un sofisticado vocabulario y una narrativa honda e inquietante, la autora teje la propia conducta de los personajes de manera sublime, induciéndonos a una profunda reflexión y transmitiéndonos un mensaje de crítica social que, lamentablemente, seguimos observando en nuestro presente; dejándonos entrever a través de las cavilaciones del monstruo, la patente discriminación de la sociedad que, en lugar de enriquecerse con todo aquello que notamos diferente, en muchas ocasiones, lo aparta y lo desprecia arrinconándolo en el lado más sombrío de la marginación. Mary Shelley nos adentra por la bella espesura de bosques alpinos para desembocar en la continua meditación de Frankenstein que carga con la losa de la culpa, o la terrorífica mutación del sentir de la criatura, en la que creación y destrucción se interponen mutuamente. La escritora británica, por medio de una prosa que exhala frescura, nos plantea, lejos de la figura de terror interpretada posteriormente en el cine, el conflicto ético que conlleva la ciencia en todas sus disciplinas y, además, nos muestra la realidad interior de los protagonistas, y lo hace aún dos siglos después de que esta obra literaria viera la luz,  lanzándonos una mirada igualitaria y equitativa que consiga traspasar y desechar la gruesa tela que borda por fuera nada más que las apariencias. Con transparente nitidez, Mary Shelley compuso una imprescindible novela de ciencia ficción que aunque hoy forma parte de los grandes clásicos, rellena también las páginas de una literatura muy actual, en la que se resaltan una serie de comportamientos moralistas llevados al borde de un precipicio que vamos divisando entre tinieblas teñidas por claros y sombras.


*Reseña: Raquel Victoria

El monstruo de Mary Shelley

Mary Wollstonecraft Shelley pasaba el verano de 1816 junto a su amado Percy Shelley en el lago Leman (Ginebra). Cerca de ellos vivía el célebre poeta inglés Lord Byron, que tenía una aventura amorosa con Claire, hermana de Mary. El tiempo fue especialmente malo ese verano, llovía a mares y el cielo nocturno se iluminaba con enormes relámpagos. El clima acompañaba la vida interior de los jóvenes románticos, nerviosos y excitados. Se leían mutuamente historias de terror y tenían alucinaciones mientras fuera rugía el temporal.

Una de estas noches tormentosas, Byron les propuso escribir ellos mismos historias de terror. Al principio, a Mary no se le ocurría nada, mientras el resto del grupo hacía aportaciones de todo tipo, aunque sin gran entusiasmo. Dos días más tarde, Mary tuvo una pesadilla. En medio del sopor, antes de quedarse definitivamente dormida, vio ante sí al doctor Frankenstein y a su horrible monstruo. Acababa de nacer un mito.

La historia comienza en el Polo Norte. Un día el explorador Robert Walton ve de lejos a un ser de aspecto casi humano que pasa rápidamente montado en un trineo tirado por perros. Al día siguiente la tripulación acoge a bordo a un hombre medio congelado, es el doctor Frankenstein. El ártico es la última estación de una interminable persecución en la que no está claro quién sigue a quién: ¿El doctor Frankenstein acosa a su espantosa creación o es el monstruo el que hostiga a su creador?

Una vez a bordo del barco, el doctor Frankenstein le narra su historia a Walton. Siendo un joven investigador, la ambición le había impulsado a concebir la idea de crear un ser humano. Tras largos años de experimentos, logró hallar el elixir de la vida. Esta sombrosa fórmula le permitió despertar a la existencia a un gigante compuesto a base de trozos de cadáveres.

Más tarde, el doctor Frankenstein sintió remordimientos al comprender lo que realmente había creado y por eso sintió alivio cuando el monstruo desapareció de su laboratorio. La criatura huida vaga por el campo, pero busca conectar con la civilización. Leyó a Plutarco, el Paraíso de Milton y Las desventuras del joven Werther de Goethe, sin embargo, su espantoso aspecto hacía que su educación le resultase inútil, allí donde aparecía, las mujeres se desmayaban, los niños salían huyendo despavoridos y los hombres buscaban instintivamente la horca de labrador. El engendro solitario solicitó al doctor Frankenstein una compañera que fuera tan horrible como él, pero el científico imaginó con horror lo que pasaría si la pareja engendraba nuevos monstruos y resolvió que no le crearía una compañera femenina. El monstruo, cegado por la ira y la decepción de un ser marginado que busca afecto y solo es capaz de causar espanto, decidió aniquilar a su creador. Asesinó a todas las personas a las que amaba el doctor Frankenstein: a su hermano, a su amigo y a su prometida, y el doctor juró perseguirle hasta que uno de los dos muriera.

La caza concluye en el Polo Norte. El doctor Frankenstein muere de agotamiento en los brazos del explorador Walton. El monstruo anuncia que él mismo se prenderá fuego, la imagen final describe cómo se aleja el monstruo sobre un témpano de hielo y desaparece en la oscuridad de la noche.

Durante las tormentosas noches del verano de 1816, los románticos ingleses conversaron sobre la posibilidad de crear vida artificial. Hablaron de los experimentos del profesor italiano de anatomía Luigi Galvani, que había observado unos años antes cómo unas ranas muertas comenzaban a moverse convulsivamente si las tocaba con la hoja de un bisturí cargada de electricidad estática. También se fijaron en el extraño experimento del doctor Erasmus Darwin (abuelo de Charles Darwin) que había logrado infundir movimiento a un trozo de fideo. De acuerdo con las teorías más novedosas del momento, la electricidad era fundamental a la hora de dar vida a la materia muerta. En el siglo XVI, el célebre médico suizo Paracelso creyó que podría crear un pequeño ser humano (homunculus) de una mezcla de esperma y sangre enterrada en excrementos de caballo.

Como es natural, Mary Shelley no fue muy precisa a la hora de describir los medios con los que el doctor Frankenstein dio vida a su creación, por lo visto, la autora imaginó una combinación de electricidad, una chispa divina y genialidad, por eso le puso a su novela el subtítulo de El moderno Prometeo. El romanticismo descubrió al hacedor de hombres Prometeo (personaje mitológico que insufla vida a sus figurillas de barro mediante el fuego) como símbolo de los artistas creadores. El artista no imitaba a la naturaleza, sino que la generaba de nuevo. Se consideraba la escritura como un acto de creación. Los artistas se convirtieron entonces en hacedores semejantes a Dios y se calificaba de genios a los individuos que poseían esta capacidad extraordinaria. El genio tenía el don de recrear el mundo mediante un acto de imaginación.

Mary Shelley sustituyó el genio artístico romántico por el investigador. Su Prometeo moderno no es un poeta sino un científico megalómano. Así concibió la imagen de una ciencia que ocupa el lugar de Dios, pero cuyas creaciones se malogran horriblemente, por eso resulta tan fascinante el mito de Frankenstein.

*María Dubón

7 de febrero de 2017

Celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia

El viernes 17 de febrero, a las 18 h. tendrá lugar en el CDAMAZ (Pº Echegaray, 18. Zaragoza) un acto con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. El club de lectura Palabra de Mujer participa con la lectura de un comentario sobre el libro de Rachael Carson, «Primavera Silenciosa».



Más información sobre otros actos en: www.11defebrero.org


Descarga la lectura sobre «Primavera silenciosa», de Rachel Carson, que se leerá en el acto de celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, en el CDAMAZ.

26 de enero de 2017

Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia



El 11 de febrero es el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. El Club de Lectura Palabra de Mujer participa en los actos conmemorativos con un comentario de la obra Primavera silenciosa, de la bióloga Rachel Carson.